La tauromaquia, en el ruedo

Toros sí, toros no. El debate no es nuevo, pero hoy está más vivo que nunca. El filósofo Fernando Savater y el ecologista Juantxo López de Uralde trazan dos visiones antagónicas en torno a la tauromaquia.

¿Por qué estás a favor/en contra de la tauromaquia?

Fernando Savater: De lo que estoy en contra es de quienes quieren prohibir los toros. No creo que haya ni que defenderlo ni que luchar contra ello a capa y espada, pero sí afirmar que es una opción libre, un juego tradicional que ha habido en España desde hace siglos. Lo que debe justificarse es por qué hay que perseguirlo.

Juantxo López de Uralde: Estoy en contra. Las sociedades evolucionan y actividades que en un momento pueden tener un nivel de aceptación general pueden dejar de tenerlo por un cambio de mentalidad. Lo cierto es que la sociedad está cambiando y la utilización de animales para el divertimento humano cada vez cuenta con menos apoyo social. No puede justificarse el sufrimiento animal para que unas personas se diviertan. Que sea una tradición no lo justifica; tampoco lo hace peor ni mejor. Hay tradiciones que, afortunadamente, se van eliminando. Tirar una cabra desde un campanario también era tradición [el festejo fue prohibido en 2002].

¿Crees que los toros ‘a la portuguesa’ son una alternativa a las lidias españolas? ¿Por qué?

FS: Lo que hacen los recortadores portugueses [conocidos comoforcados] es otro tipo de juego completamente diferente. La muerte del toro, la lidia completa, es esencial. Lo contrario sería desnaturalizarlo por completo. La tauromaquia no es alguien jugando con un toro, sino algo que comienza y acaba con la muerte. Es como si me preguntas si el balonvolea puede sustituir al fútbol. Son dos cosas distintas, no tienen nada que ver.

JL: El Ayuntamiento de Valencia lo planteó en su momento y la verdad es que no tuvo aceptación ni por parte de los taurinos ni por parte de los antitaurinos. Las posiciones están muy polarizadas. Creo que se va hacia el abolicionismo.

El escritor Javier Marías escribía recientemente: «Lo de los ‘derechos’ de los animales es uno de los mayores despropósitos (triunfantes) de nuestra época. Ni los tienen ni se les ocurriría reclamarlos. Quienes se erigen en sus ‘depositarios’ son humanos muy vivos, con frecuencia sus propietarios, que en realidad los quieren para sí, una especie de privilegio añadido. Los animales carecen de derechos por fuerza, lo cual no obsta para que nosotros tengamos deberes para con ellos, algo distinto. Uno de esos deberes es no maltratarlos gratuitamente».

FS: Es una especie de resumen de lo que yo expongo más extensamente en el libro de Tauroética. No se puede sintetizar en una frase. Lo que creo es que no sabemos lo que significa la palabra «derechos». Hablar de los derechos de los animales es como hablar del romanticismo de los polígonos. Lo que hay son personas que tienen derecho respecto a animales. Si tienes cuatro vacas y te las roban, o si matan a tu perro, tienes derecho a ir a la policía. Igual que si alguien quiere exterminar a los animales que forman parte de un paisaje tienes derecho a decir que no. No es que el derecho sea del animal, sino que los humanos tenemos derechos que tienen que ver con animales. Los derechos se establecen entre las personas. Es como si me dices que la playa tiene derecho a no ser destruida. No: las personas tienen derecho a reclamar que no se destruyan las playas o que no se quemen los bosques.

JL: Realmente lo de los derechos de los animales es un tema que viene de atrás, no es algo que nos estemos inventando. Ya en la antigüedad, Pitágoras hablaba de que los animales tenían alma. El debate lleva muchos siglos sobre la mesa, aunque se pretenda hacer creer que es algo novedoso, una moda, y se intente, como ocurre con otros movimientos, ridiculizarlo. El reconocimiento de que los animales deben tener derecho a la vida, a la seguridad, a estar libres de tortura, es algo que se ha venido discutiendo durante toda la historia de la filosofía. Hay que asumirlas como lo que son: propuestas relativas a cómo nos relacionamos con otros seres, generadas dentro de ese cambio intelectual que se está produciendo. Era Gandhi quien decía que «la grandeza de una nación y su progreso moral puede ser juzgado por la manera en que se trata a los animales».

¿Hasta dónde llega esa tensión entre la libertad del hombre y el prohibicionismo?

FS: Tiene que haber medidas de protección contra comportamientos nocivos, indignos, incívicos. Que haya normas para no causar sufrimiento. Para que, por ejemplo, las mascotas no sean abandonadas. Tenemos una responsabilidad respecto a ellas. El toro de lidia, por su parte, está diseñado genéticamente, no es un animal que haya nacido espontáneamente, por razones naturales. El hombre lo ha convertido en lo que es; ha creado un prototipo animal, criado y cuidado para una fiesta. El toro está atendido y cuidado, y luego se le concede ese juego de un cuarto de hora final en el que demuestra su casta, su cría. Si prohíbes los toros, estos desaparecerían. No ocurre así con los perros.

JL: Sobre esto también hay discusión dentro del propio movimiento antitaurino. Unos consideran que los toros están desapareciendo por sí mismos y que basta con la supresión de las ayudas públicas y los apoyos a la tauromaquia. Y otros creen que una actividad tan violenta tiene que ser prohibida. Yo creo que el prohibicionismo sobre determinadas cuestiones está justificado. Lo asemejo a la famosa ley antitabaco. Cuando se aprobó, parecía que el mundo se acababa y hoy se vive con absoluta naturalidad. Es el sentido puramente evolutivo de las sociedades.

¿Se ha politizado el debate de la tauromaquia en España?

FS: No hay mucha opción. En el caso de Cataluña, se prohibieron las corridas tradicionales de toros [ley aprobada en 2010 y anulada recientemente por el Tribunal Constitucional (TC)], pero se siguieron permitiendo los correbous, más doloroso y falto de respeto hacia el toro. Una cosa es perseguida porque forma parte de un imaginario que se considera español. Hay una politización: la idea de que los toros son de derechas.

JL: Cualquier debate que está ahí, vivo, tiene un reflejo político. Vemos situaciones un poco paradójicas, como que el alcalde de Tordesillas, socialista, defienda el Toro de la Vega [el regidor, José Antonio González Poncela, se opone al decreto ley aprobado el pasado mayo por la Junta de Castilla y León que impide matar animales en espectáculos taurinos populares]. Pero creo que, más que algo politizado, es algo sobre lo que los partidos siguen teniendo miedo a posicionarse. Y tienen que hacerlo, es lo que corresponde. El nivel de rechazo social es mucho mayor que el rechazo que se da a nivel político; muy pocos partidos se comprometen contra la fiesta de los toros.

(Puedes encontrar la entrevista también en http://ethic.es/2016/10/la-tauromaquia-en-el-ruedo/)

 

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